‘El Dios de las sorpresas’ está llamando a los jóvenes a adorarle en la Misa Tradicional

Esta es una manifestación del “Dios de las Sorpresas”, como nos recuerda constantemente el Papa Francisco… Quizá, el aumento en la asistencia a estas Misas Tradicionales es un movimiento del Espíritu Santo.

Por The Rhode Island CatholicSummorumPontificum.mx . 24 de marzo de 2020.

En días pasados, el periódico The Washington Examiner publicó un artículo titulado, “Las Parroquias Tradicionales crecen a pesar de que el Catolicismo disminuye” [ver aquí]. El artículo comienza:

“Las parroquias católicas tradicionales dirigidas por una fraternidad sacerdotal están creciendo en los Estados Unidos, desafiando la tendencia del mayor declive en la Iglesia católica estadounidense comparado con las décadas anteriores. Durante el año pasado, las parroquias dirigidas por la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro [FSSP], una sociedad de sacerdotes dedicados a celebrar la forma tradicional en latín de la Liturgia Católica, han reportado grandes aumentos en la asistencia a la misa dominical” [ver aquí].

S.E. el Obispo Athanasius Schneider celebrando Misa Tradicional en la iglesia de St. Mary, apostolado de la FSSP en Providence, Rhode Island.

El Washington Examiner también citó un par de encuestas que afirman que los ex católicos tienden a abandonar la Iglesia a una edad temprana, una encuesta muestra que casi el 80% de los ex católicos abandonan la fe antes de los 23 años de edad. Aproximadamente la mitad de los millennials, aquellos nacidos entre principios de los años 80 y mediados de los 90, que fueron criados como católicos, ya no se identifican como tales.

Dos encuestas de ex católicos de la última década han descubierto que quienes abandonaron la Iglesia Católica, usualmente lo hicieron porque perdieron interés en la religión lentamente, dejaron de creer en las enseñanzas de la Iglesia y no tuvieron cubiertas sus necesidades espirituales.

Incluso en la Diócesis de Providence, ha habido un interés creciente en la celebración de la Misa en la Forma Extraordinaria por parte de los adultos jóvenes y las familias. La semana pasada, en la Iglesia de Santa María en Providence [Rhode Island], el Obispo Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana, Kazajistán, ordenó al sacerdocio a un joven de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) durante la misa celebrada en la Forma Extraordinaria.

La Iglesia estaba completamente llena, con la asistencia de cerca de 40 sacerdotes, así como muchas familias jóvenes, y niños. Quizá, como el Papa Francisco nos recuerda constantemente, esta es una manifestación del “Dios de las Sorpresas”.

Primeras comuniones en St. Anne Catholic Church. Apostolado de la FSSP en San Diego, CA.

El Papa Francisco nos alienta a estar abiertos al movimiento del Espíritu Santo. Quizá, el aumento en la asistencia a estas Misas Tradicionales es un movimiento del Espíritu Santo.

El Papa Francisco nos alienta a estar abiertos al movimiento del Espíritu Santo.

Fuente: Una Voce BAJA

Imágenes: Karilú Valdés

Mensaje sobre el Combate contra el Coronavirus, COVID-19: Card. Raymond L. Burke

Si, por alguna razón, no podemos tener acceso a iglesias y capillas, debemos recordar que nuestros hogares son una extensión de nuestra parroquia, una pequeña Iglesia en la que podemos acoger a Cristo, preparando el encuentro con Él en la Iglesia más grande. Dejemos que nuestros hogares, durante este tiempo de crisis, reflejen la verdad de que Cristo es el invitado de honor en cada hogar cristiano. Volvamos a Él a través de la oración, especialmente el Rosario, y de otras devociones. Si la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto con la imagen del Inmaculado Corazón de María, aún no está entronizada en nuestro hogar, ahora sería el momento de hacerlo.

-Card. Raymond Leo Burke

Por S.E. Card. Raymond Leo Burke. El Perú necesita de Fátima. SummorumPontificum.mx . 23 de marzo de 2020.

Queridos amigos:

Desde hace algún tiempo, hemos estado en combate contra la propagación del coronavirus, COVID-19. Por todo lo que podemos decir —y una de las dificultades del combate es que aún queda mucho por aclarar sobre la peste—, la batalla continuará por algún tiempo. El virus involucrado es particularmente insidioso, ya que tiene un período de incubación relativamente largo, algunos dicen 14 días y otros 20 días, y es altamente contagioso, mucho más contagioso que otros virus que hemos experimentado.

Uno de los principales medios naturales para defendernos contra el coronavirus es evitar cualquier contacto cercano con los demás. Es importante, de hecho, mantener siempre una distancia, algunos hablan de un metro y otros hasta de dos metros lejos del otro, y, por supuesto, evitar reuniones de grupo, es decir, reuniones en las que las personas están muy cerca unas de otras. Además, dado que el virus se transmite por pequeñas gotas emitidas cuando uno estornuda o se suena la nariz, es fundamental lavarse las manos con frecuencia con jabón desinfectante y agua tibia durante al menos 20 segundos y usar desinfectante para manos y toallitas descartables. Es igualmente importante desinfectar las mesas, sillas, repisas, etc., sobre las cuales estas gotitas pueden haber caído y desde las cuales son capaces de transmitir el contagio por algún tiempo. Si estornudamos o nos sonamos la nariz, se nos aconseja usar un pañuelo facial de papel, descartarlo de inmediato y luego lavarnos las manos. Por supuesto, aquellos que son diagnosticados con el coronavirus deben ser puestos en cuarentena, y aquellos que no se sientan bien, incluso si no se les ha diagnosticado que padecen el coronavirus, deben, por caridad hacia los demás, permanecer en casa, hasta que se sientan mejor.

Viviendo en Italia, en donde la propagación del coronavirus ha sido particularmente letal, especialmente para los ancianos y para aquellos que ya se encuentran en un estado de salud delicada, me siento edificado por el gran cuidado que los italianos toman para protegerse a sí mismos y a los demás del contagio. Como ya habrán leído, el sistema de salud en Italia está puesto severamente a prueba en su esfuerzo de proporcionar la hospitalización necesaria y el tratamiento de cuidados intensivos para los más vulnerables. Les ruego rezar por los italianos y, en modo especial, por aquellos para quienes el coronavirus puede ser fatal, bien como por aquellos encargados de su asistencia. Como ciudadano de los Estados Unidos, he estado siguiendo la situación de la propagación del coronavirus en mi tierra natal y sé que las personas que viven en los Estados Unidos están cada vez más preocupadas con detener su propagación, por temor que una situación como la de Italia se repita en casa.

Toda esta situación ciertamente nos conduce a una profunda tristeza y también al temor. Nadie quiere contraer la enfermedad relacionada con el virus o que alguien la contraiga. Especialmente no queremos que nuestros seres queridos mayores u otras personas que sufren de salud corran peligro de muerte por la propagación del virus. Para luchar contra la propagación del virus, todos estamos en una especie de retiro espiritual forzado, confinados entre paredes, y privados de la posibilidad de mostrar señales habituales de afecto a familiares y amigos. Para quienes están en cuarentena, el aislamiento es claramente aún más severo, al no poder tener contacto con nadie, ni siquiera a distancia.

Como si la enfermedad asociada con el virus no fuera suficiente para preocuparnos, no podemos ignorar la devastación económica que ha causado la propagación del virus, con sus graves efectos en los individuos y las familias, y en aquellos que nos sirven de muchas maneras en nuestra vida diaria. Por supuesto, nuestros pensamientos no pueden evitar incluir la posibilidad de una devastación aún mayor de la población de nuestras patrias e, incluso, del mundo.

Ciertamente, tenemos razón en informarnos y en emplear todos los medios naturales para defendernos del contagio. Es un acto fundamental de caridad utilizar todos los medios prudentes para evitar contraer o propagar el coronavirus. Sin embargo, los medios naturales para prevenir la propagación del virus deben respetar lo que necesitamos para vivir, por ejemplo, el acceso a alimentos, agua y medicamentos. El Estado, por ejemplo, en su imposición de restricciones cada vez mayores sobre el movimiento de las personas, permite que las personas puedan ir al supermercado y a la farmacia, respetando las precauciones de distanciamiento social y el uso de desinfectantes por parte de todos los involucrados.

Al evaluar lo que se necesita para vivir, no debemos olvidar que nuestra primera consideración ha de ser nuestra relación con Dios. Recordamos las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio según San Juan: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (14, 23 ). Cristo es el Señor de la naturaleza y de la historia. Él no está ni distante ni se ha desinteresado de nosotros y del mundo. Nos ha prometido: “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). En el combate al mal del coronavirus, nuestra arma más efectiva es, por lo tanto, nuestra relación con Cristo a través de la oración y de la penitencia, de las devociones y de la sacra adoración. Nos volvemos a Cristo para liberarnos de la peste y de todo daño y Él nunca deja de responder con amor puro y desinteresado. Por eso mismo nos es esencial en todo momento, y sobre todo en tiempos de crisis, tener acceso a nuestras iglesias y capillas, a los sacramentos, a las oraciones y devociones públicas.

De la misma manera que podemos comprar alimentos y medicinas con cuidado de no propagar el coronavirus al hacerlo, también debemos poder orar en nuestras iglesias y capillas, recibir los sacramentos y participar en actos de oración pública y devoción, para que reconozcamos la cercanía de Dios con nosotros y permanezcamos cerca de Él, invocando en modo adecuado su ayuda. Sin la ayuda de Dios, estamos de veras perdidos. Históricamente, en tiempos de peste, los fieles se reunían en fervientes oraciones y participaban en procesiones. De hecho, en el Misal Romano promulgado por el Papa S. Juan XXIII en 1962, hay textos especiales para la Santa Misa a ser ofrecida en tiempos de peste, la Misa votiva para la liberación de la muerte en tiempos de peste (Missae Votivae ad Diversa, n. 23). Del mismo modo, en la letanía tradicional de los santos, rezamos: “¡De la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, oh Señor!”.

A menudo, cuando nos encontramos en un gran sufrimiento e incluso debiendo enfrentar la muerte, nos preguntamos: “¿Dónde está Dios?”. Pero la verdadera pregunta es: “¿Dónde estamos nosotros?”. En otras palabras, Dios está seguramente con nosotros para ayudarnos y salvarnos, especialmente en el momento de una prueba severa o de la muerte, pero con frecuencia nosotros estamos muy lejos de Él debido a nuestra incapacidad para reconocer nuestra total dependencia de Él y, por lo tanto, para rezarle diariamente y ofrecerle nuestra adoración.

En estos días he escuchado tantos católicos devotos que están profundamente tristes y desanimados por no poder rezar y adorar en sus iglesias y capillas. Entienden la necesidad de observar las distancias físicas y seguir las otras precauciones, y respetan estas medidas prudenciales, lo que pueden hacer fácilmente en sus lugares de culto. Pero, frecuentemente tienen que aceptar el profundo sufrimiento de ver sus iglesias y capillas cerradas, y de no tener acceso a la Confesión y a la Sagrada Eucaristía.

Del mismo modo, una persona de fe no puede considerar la actual calamidad en la que nos encontramos sin considerar también cuán distante está nuestra cultura popular de Dios. No solo es indiferente a su presencia en medio de nosotros, sino que es abiertamente rebelde hacia Él y hacia el buen orden con el que nos ha creado y nos sostiene en el ser. Basta pensar en los ataques violentos generalizados contra la vida humana, masculina y femenina, que Dios ha hecho a su propia imagen y semejanza (Gn 1, 27), ataques contra los no nacidos inocentes e indefensos y contra aquellos que deben ocupar el primer lugar en nuestros cuidados, aquellos que están fuertemente atribulados por enfermedades graves, años avanzados o necesidades especiales. Somos testigos cotidianos de la propagación de la violencia en una cultura que no respeta la vida humana.

Del mismo modo debemos pensar en el ataque generalizado contra la integridad de la sexualidad humana, nuestra identidad como hombre o mujer que, con el pretexto de poder definirla nosotros mismos, la pretendemos distinta de la que Dios nos ha dado, y ello, a menudo, empleando medios violentos. Somos testigos con una creciente preocupación del efecto devastador en los individuos y las familias de la llamada “teoría de género”.

También somos testigos, incluso dentro de la Iglesia, de un paganismo que rinde culto a la naturaleza y a la Tierra. Hay quienes dentro de la Iglesia se refieren a la Tierra como a nuestra madre, como si viniéramos de la Tierra y esta fuera nuestra salvación. Pero venimos de las manos de Dios, Creador del Cielo y la Tierra. Solo en Dios encontramos la salvación. Decimos con las palabras divinamente inspiradas del salmista: “Solo [Dios] es mi roca y mi salvación; él es mi protector. ¡Jamás habré de caer!” (Sal 62 [61], 6). Vemos cómo la propia vida de la fe se ha vuelto cada vez más secularizada y, por lo tanto, ha comprometido el señorío de Cristo, Dios Hijo encarnado, Rey del Cielo y de la Tierra. Somos testigos de muchos otros males que proceden de la idolatría, de la adoración a nosotros mismos y a nuestro mundo, en lugar de adorar a Dios, la fuente de todo ser. Tristemente vemos en nosotros mismos la verdad de las palabras inspiradas de San Pablo “contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia”“cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén” (Rom 1, 18. 25).

Muchos con quienes estoy en comunicación, reflexionando sobre la actual crisis de salud mundial con todos sus efectos concomitantes, me han expresado la esperanza de que ella nos llevará, como individuos, familias, y sociedad, a reformar nuestras vidas, a recurrir a Dios que seguramente está cerca de nosotros y que es inconmensurable e incesante en su misericordia y amor hacia nosotros. No hay duda de que grandes males como las pestes son efecto del pecado original y de nuestros pecados actuales. Dios, en su justicia, debe reparar el desorden que el pecado introduce en nuestras vidas y en nuestro mundo. De hecho, él cumple las demandas de la justicia con su misericordia superabundante.

Dios no nos ha dejado en el caos y la muerte, que el pecado ha introducido en el mundo, sino que ha enviado a su Hijo unigénito, Jesucristo, a sufrir, morir, resucitar de entre los muertos y ascender en gloria a su diestra, para permanecer con nosotros siempre, purificándonos del pecado e inflamándonos con su amor. En su justicia, Dios reconoce nuestros pecados y la necesidad de su reparación, mientras que en su misericordia nos derrama la gracia de arrepentirnos y reparar. El profeta Jeremías oró: “Reconocemos, oh Señor, nuestra impiedad, la iniquidad de nuestros padres, pues hemos pecado contra ti”, pero inmediatamente continúa su oración: “por amor a tu nombre, no deshonres el trono de tu gloria; acuérdate, no anules tu pacto con nosotros” (Jer 14, 20-21).

Dios nunca nos da la espalda; Él nunca romperá su pacto de amor fiel y duradero con nosotros, a pesar de que con tanta frecuencia somos indiferentes, fríos e infieles. Mientras el sufrimiento actual nos revela tanta indiferencia, frialdad e infidelidad de nuestra parte, estamos llamados a recurrir a Dios y rogar por su misericordia. Debemos estar seguros de que nos escuchará y nos bendecirá con sus dones de misericordia, perdón y paz. Debemos unir nuestros sufrimientos a la Pasión y Muerte de Cristo y así, como dice San Pablo, “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Viviendo en Cristo, conocemos la verdad de nuestra oración bíblica: “La salvación de los justos viene de Yahveh, él es su refugio en tiempo de angustia” (Sal 37 [36], 39). En Cristo, Dios nos ha revelado completamente la verdad expresada en la oración del salmista: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se abrazan” (Sal 85 [84], 10).

En nuestra cultura totalmente secularizada, hay una tendencia a ver la oración, las devociones y la adoración como cualquier otra actividad, por ejemplo, ir al cine o a un partido de fútbol, ​​lo cual no es esencial y, por lo tanto, puede cancelarse por precaución para frenar la propagación de un contagio mortal. Pero la oración, las devociones y la adoración, sobre todo, la Confesión y la Santa Misa, son esenciales para que podamos mantenernos sanos y fuertes espiritualmente, y para que busquemos la ayuda de Dios en un momento de gran peligro para todos. Por lo tanto, no podemos simplemente aceptar las determinaciones de gobiernos seculares que consideran la adoración a Dios al par que ir a un restaurante o a una competencia deportiva. De lo contrario, las personas que ya sufren tanto por los resultados de la peste se ven privadas de esos encuentros abiertos con Dios, que está en nuestro medio para restaurar la salud y la paz.

Nosotros, obispos y sacerdotes, debemos explicar públicamente la necesidad que los católicos tienen de rezar y de rendir culto en las iglesias y capillas, de hacer procesiones por las calles pidiendo la bendición de Dios sobre el pueblo que sufre tan intensamente. Tenemos que insistir en que las medidas tomadas por el Estado, aunque sean también por el bien del Estado, reconozcan la importancia única de los lugares de culto, especialmente en tiempos de crisis nacional e internacional. En el pasado, los gobiernos han entendido la importancia de la fe, de la oración y de la devoción para superar una situación de peste.

Así como hemos encontrado maneras de proveer alimentos, medicinas y otras necesidades en plena crisis sanitaria, sin correr el riesgo de irresponsablemente propagar del virus, así también podemos encontrar maneras de satisfacer las necesidades de nuestra vida espiritual. Podemos proporcionar más oportunidades para la Santa Misa y para las devociones en que los fieles pueden participar sin violar las precauciones necesarias contra la propagación del contagio. Muchas de nuestras iglesias y capillas son muy grandes. Permiten que un grupo de fieles se reúna para orar y rendir culto sin violar los requisitos de la “distancia social”. El confesionario con la pantalla tradicional generalmente está equipado o, si no, puede equiparse fácilmente con un velo delgado que puede tratarse con desinfectante, de modo que el acceso al Sacramento de la Confesión sea posible sin grandes dificultades y sin peligro de transmitir el virus. Si una iglesia o capilla no tiene suficiente empleados como para poder desinfectar regularmente los bancos y otras superficies, no tengo dudas de que los fieles, en agradecimiento por los dones de la Sagrada Eucaristía, la Confesión y la devoción pública, ayudarán con mucho gusto.

Incluso si, por alguna razón, no podemos tener acceso a iglesias y capillas, debemos recordar que nuestros hogares son una extensión de nuestra parroquia, una pequeña Iglesia en la que podemos acoger a Cristo, preparando el encuentro con Él en la Iglesia más grande. Dejemos que nuestros hogares, durante este tiempo de crisis, reflejen la verdad de que Cristo es el invitado de honor en cada hogar cristiano. Volvamos a Él a través de la oración, especialmente el Rosario, y de otras devociones. Si la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto con la imagen del Inmaculado Corazón de María, aún no está entronizada en nuestro hogar, ahora sería el momento de hacerlo. El lugar de la imagen del Sagrado Corazón será para nosotros un pequeño altar doméstico, en el que nos reunimos, conscientes de que Cristo vive con nosotros a través del Espíritu Santo en nuestros corazones. Coloquemos nuestros corazones, a menudo pobres y pecadores, en su glorioso Corazón perforado, siempre abierto para recibirnos, para sanarnos de nuestros pecados y llenarnos de amor divino. Si desea entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, le recomiendo el manual «La Entronización del Sagrado Corazón de Jesús», disponible a través del Apostolado Catequista Mariano.

Para aquellos que no pueden tener acceso a la Santa Misa y a la Sagrada Comunión, recomiendo la práctica devota de la Comunión Espiritual. Cuando estamos en condiciones de recibir la Sagrada Comunión, es decir cuando estamos en estado de gracia, cuando no somos conscientes de ningún pecado mortal que hayamos cometido y por el que aún no hemos sido perdonados en el Sacramento de la Penitencia, y deseamos recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión, pero estamos incapacitados de hacerlo, nos podemos unir espiritualmente al Santo Sacrificio de la Misa, rezando a Nuestro Señor Eucarístico con las palabras de San Alfonso María de Ligorio: “Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente en mi corazón”. La comunión espiritual es una hermosa expresión de amor por Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. No dejará de traernos abundantes gracias.

Asimismo, cuando somos conscientes de haber cometido un pecado mortal y no podemos tener acceso al Sacramento de la Penitencia o Confesión, la Iglesia nos invita a realizar un acto de contrición perfecta, es decir de pena por el pecado, que “Surge de un amor por el cual Dios es amado por encima de todo”. Un acto de contrición perfecta “obtiene el perdón de los pecados mortales si incluye la firme resolución de recurrir a la confesión sacramental lo antes posible” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1452). Un acto de contrición perfecta dispone nuestra alma para la comunión espiritual.

Como siempre, fe y razón trabajan juntas para proporcionar una solución justa y correcta a un desafío difícil. Debemos usar la razón, inspirada por la fe, para encontrar la manera correcta de enfrentar esta pandemia mortal. Esa manera debe dar prioridad a la oración, a la devoción y a la adoración, a la invocación de la misericordia de Dios sobre su pueblo que tanto sufre y está en peligro de muerte. Hechos a imagen y semejanza de Dios, disfrutamos de los dones del intelecto y del libre albedrío. Usando estos dones dados por Dios, unidos a los dones, también dados por Dios, de la Fe, la Esperanza y el Amor, encontraremos nuestro camino en estos tiempos de prueba universal que tanta tristeza y miedo está causando.

Podemos contar con la ayuda y la intercesión de la gran hueste de nuestros amigos celestiales, con quienes estamos íntimamente unidos en la Comunión de los Santos: la Virgen María Madre de Dios, los santos Arcángeles y Ángeles Guardianes, San José, verdadero Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal, San Roque, a quien invocamos en tiempos de epidemia, y los otros santos y beatos a quienes recurrimos regularmente en oración. Todos están a nuestro lado. Nos guían y nos aseguran constantemente que Dios nunca dejará de escuchar nuestra oración. Él responderá con su inconmensurable e incesante misericordia y amor.

Queridos amigos, les ofrezco estas breves reflexiones, profundamente consciente de cuánto están sufriendo por la pandemia de coronavirus. Espero que ellas puedan serles de ayuda. Sobre todo, espero que les inspiren a recurrir a Dios en oración y adoración, cada uno según sus posibilidades, y así experimenten su cuidado y su paz. Con las reflexiones les envío la promesa que los recordaré todos los días en mis oraciones y penitencias, especialmente en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa.

Les pido por favor que se acuerden de mí en sus oraciones.

Quedo de ustedes en el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, y en el Castísimo Corazón de San José,

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Raymond Leo Cardenal BURKE

21 de marzo de 2020

Fiesta de San Benito Abad

Traducción por El Perú necesita de Fátima

Original de Su Eminencia Cardenal Raymond Leo Burke en inglés: Aquí

COMUNICADO. ‘Queridos feligreses’. Ante la crisis actual provocada por la Pandemia del Covid-19

FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PEDRO EN MÉXICO

C O M U N I C A D O

Ante la crisis actual provocada por la Pandemia del Covid-19

¡Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad y ved, si hay dolor como el dolor que me hiere! Pues Yahvé me ha afligido en el día de su ardiente ira.

Lam 1, 12

Si Yo cerrare el cielo y no lloviere, si Yo enviare la langosta para que devore la tierra, o mandare la peste entre mi pueblo; 1y si mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre se humillare, orando y buscando mi rostro, y si se convirtieren de sus malos caminos, Yo los oiré desde el cielo, perdonaré su pecado y sanaré su tierra. Estarán mis ojos abiertos, y mis oídos atentos a la oración que se haga en este lugar.

 2 Cro 7, 13-15

Queridos Feligreses,

            Hace unos días les hemos comunicado las iniciativas que habríamos de tomar de acuerdo con la instrucción de la Arquidiócesis [de Guadalajara] acerca de la pandemia de COVID-19. Con mucha tristeza les informamos que hoy llegó otro comunicado diciéndonos que, por las siguientes dos semanas, realizaremos la celebración de la Santa Misa sin la presencia física de los fieles.

            Sé que esta noticia no será del agrado de nadie y que será difícil aceptar. Como les hemos venido diciendo desde que comenzó esta situación, tenemos que verla con una perspectiva sobrenatural y ofrecerla por la purificación de la Iglesia y por la conversión de nuestra sociedad.

       Habrá la tentación de buscar excepciones. Pero tenemos que recordar que la Liturgia y los Sacramentos son de la Iglesia, y ella – dentro de ciertos límites – tiene autoridad sobre ellos. Es bueno sentir hambre por los sacramentos, pero no podemos hacerlo a nuestra manera.

El Canon 838 del Código de Derecho Canónico dice que:

La ordenación de la sagrada liturgia depende exclusivamente de la autoridad de la Iglesia, que reside en la Sede Apostólica y, según las normas del derecho, en el Obispo diocesano. 

Al Obispo diocesano, en la Iglesia a él confiada y dentro de los límites de su competencia, le corresponde dar normas obligatorias para todos sobre materia litúrgica.

Y San Ignacio de Antioquía, Padre de la Iglesia, nos recuerda:

“Vean que todos siguen al obispo, como Jesucristo hace al Padre, y al presbiterio como lo harían con los apóstoles; y reverencian a los diáconos, como la institución de Dios. Que ningún hombre haga nada relacionado con la Iglesia sin el obispo. Que se considere una Eucaristía apropiada, que sea administrada por el obispo, o por alguien a quien se lo haya confiado. Dondequiera que aparezca el obispo, allí estará también la multitud del pueblo; incluso cuando, donde sea que esté Jesucristo, allí está la Iglesia Católica. No es lícito sin el obispo bautizar o celebrar una fiesta de amor [la liturgia]; pero cualquier cosa que él apruebe, eso también es agradable a Dios, para que todo lo que se haga pueda ser seguro y válido”.

Obviamente hay límites. Los ritos de la liturgia no pueden ser cambiados según los caprichos de cada quien, pero en esto no hay duda de que el obispo tiene la autoridad que debemos de respetar. Gracias a Dios, no es una disposición permanente. Gracias a Dios también, si entendemos la doctrina de la comunión de los santos y la eclesiología tradicional, entenderemos que todos somos beneficiarios de todas las misas celebradas, aunque sean privadas.

Les recuerdo de la importancia de la comunión espiritual. El Catecismo Romano nos enseña:

“Los pastores de almas deben enseñar a su rebaño que no hay una sola manera de recibir los frutos admirables del sacramento de la Eucaristía, sino que hay dos: la comunión sacramental y la comunión espiritual”.

Y los escritores espirituales comentan: “Es, por sí mismo”, dice el padre Faber, “uno de los mayores poderes del mundo”. “Por eso”, escribe San Leonardo de Porto Mauricio, “muchas almas han alcanzado una alta perfección”. Jesús desea entrar a tu corazón todos los días por la comunión sacramental; sin embargo, incluso eso no le basta; Él vendría una y otra vez, sin cesar. Este deseo divino se realiza mediante la comunión espiritual. “Cada vez que me deseas”, le dijo a Santa Matilde de Hackeborn, “me atraes hacia ti. Un deseo, un suspiro, es suficiente para hacerte poseer”. Nuestro Señor le encargó a Santa Margarita de Cortona que le recordara a un monje la palabra de San Agustín: “Cree y habrás comido”; es decir, haz un acto de fe y deseo hacia la Eucaristía, y esa comida divina te nutrirá.

Estaremos transmitiendo las misas cada día por Facebook. Muy pronto, también, actualizaremos las medidas adicionales que pondremos a su disposición en nuestras parroquias para el cuidado pastoral y sacramental de los fieles, como citas para confesión y comunión, así como la transmisión por internet y redes sociales, de misas, oraciones, sermones, y clases.

Las misas no pararán. Y los tendremos presentes, aún más, durante este tiempo de crisis. El flujo de gracias que llega a cada fiel por la celebración del Santo Sacrificio de la Misa es uno de los grandes beneficios para mantenerse completamente unido con el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, especialmente en los tiempos de tribulación.

Estas son las pruebas que nos confirman en la gracia de Dios. Vale la pena recordar las tribulaciones que sufrían nuestros antepasados, especialmente aquí en México, habiendo sido desprovistos de los sacramentos por mucho tiempo, a costa de sus vidas en muchos casos. Para nosotros la prueba será temporal. Que salgamos al desierto con Nuestro Señor. Nos está ofreciendo una Cuaresma especialmente llena de gracias porque estaremos clavados a la Cruz con Él más estrechamente. Que reflexionemos: “¿Ha habido tiempos en mi vida cuando no he apreciado debidamente el gran don que es la liturgia y los sacramentos?”

Hagamos reparación y unámonos como comunidad, en el espíritu de penitencia.

Agradezco su comprensión. No duden en comunicarse con los sacerdotes de la FSSP en México a su servicio, para cualquier aclaración o ante cualquier preocupación al respeto.

A causa del Señor sed sumisos a toda humana institución, sea al rey como soberano, o a los gobernadores, como enviados suyos para castigar a los malhechores y honrar a los que obran bien. Pues la voluntad de Dios es que obrando bien hagáis enmudecer a los hombres insensatos que os desconocen, comportándoos cual libres, no ciertamente como quien toma la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios. Respetad a todos, amad a los hermanos, temed a Dios, honrad al rey. Servir, a imitación de Cristo. Siervos, sed sumisos a vuestros amos con todo temor, no solamente a los buenos e indulgentes, sino también a los difíciles. Porque en esto está la gracia: en que uno, sufriendo injustamente, soporte penas por consideración a Dios. Pues ¿qué gloria es, si por vuestros pecados sois abofeteados y lo soportáis? Pero si padecéis por obrar bien y lo sufrís, esto es gracia delante de Dios. Para esto fuisteis llamados. Porque también Cristo padeció por vosotros dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos. “Él, que no hizo pecado, y en cuya boca no se halló engaño”; cuando lo ultrajaban no respondía con injurias y cuando padecía no amenazaba, sino que se encomendaba al justo Juez. Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, a fin de que nosotros, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. “Por sus llagas fuisteis sanados”; porque erais como ovejas descarriadas; mas ahora os habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas.

(1Pe 2, 13-25)

Sabemos, además, que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio.

Rom 8, 28

20 de marzo de 2020

Para todos nuestros apostolados en el país

Fraternidad Sacerdotal San Pedro en México

P.S. En la Ciudad de México, aún está permitido tener y celebrar misa de manera habitual.

Procesión y bendición contra la Pandemia Covid-19, con la Reliquia de la Santa Cruz

Por SummorumPontificum.mx . 20 de marzo de 2020.

El jueves 19 de marzo, en el marco de la festividad de San José, el apostolado de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro ubicado en la Capilla de la Inmaculada Concepción en la Ciudad de México, realizó una procesión a lo largo de varias cuadras en los alrededores de esta Capilla, contra la Pandemia del Covid-19.

La santa misa tradicional en latín celebrada en honor de San José, fue celebrada con modesta solemnidad, en unión y consideración a todos nuestros hermanos católicos, presentes en las intenciones de esta misa, y quienes en este momento en diferentes ciudades en el mundo, con gran dolor, se han visto privados del Santo Sacrificio, e incluso del acceso a los sacramentos.

Veneración de las reliquias de la Santa Cruz en la Capilla de la Inamculada Concepción en Salto del Agua. FSSP México.

Previo a la procesión, se veneraron las reliquias de la Santa Cruz al interior de la Capilla, y al concluir la misma después de haber recorrido varias cuadras a la redonda, se repitió la bendición a los fieles con la reliquia de la Santa Cruz tal como se ha venido haciendo todos estos últimos días, rezando las Preces para Tiempos de Mortalidad y de Peste.

El Rev. P. Martín Rangel FSSP bendiciendo a los fieles con la reliquia de la Santa Cruz para su protección contra la pandemia. FSSP México

La Procesión no pudo ser concurrida como en otras ocasiones, apenas con el sacerdote sosteniendo la reliquia de la Santa Cruz y bendiciendo con ella a negocios, casas y transeúntes que se persignaban al paso de esta modesta procesión, acompañado de unos pocos acólitos y un puñado de fieles cantando letanías durante el recorrido, atendiendo las recomendaciones de evitar las aglomeraciones durante esta crisis de riesgo de contagio del virus.

Por la tarde noche, después de la misa de 7 p.m., la segunda del día, se hizo la tradicional bendición de galletas en honor de San José, como parte de la tradición de la Mesa de San José, o ‘Távola di San Giuseppe’ de origen italiano. La mesa, llena de galletas y pasteles, o bizcochos, tradicionalmente carece de platos de carne en conmemoración de la temporada de Cuaresma en la que en años pasados también se hacía abstinencia de azúcar. Es una breve pausa en este tiempo de penitencia.

Tradicional Mesa en honor de San José. FSSP México.

El Apostolado de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro en la Capilla de la Inmaculada Concepción, se encuentra en Salto del Agua, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde se celebra de manera exclusiva la misa tradicional en latín, con aprobación del Sr. Arzobispo Primado de México, de lunes a viernes a las 12 y 19 hrs., sábados a las 12 hrs., y domingos a las 10 y 12:30 hrs. (con una misa más los domingos a las 8 a.m. de manera provisional).

A continuación compartimos algunas imágenes de la veneración de las reliquias de la Santa Cruz, y de la procesión con éstas. Al final encontrará las Preces rezadas para Tiempos de Mortalidad y de Peste, en latín y español.

SummorumPontificum.mx


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Imágenes por FSSP México


PRECES TEMPORE MORTALITATIS ET PESTIS

(ex Rituale Romano, Titulus IX, Caput X)

V. Dómine, non secúndum peccáta nostra fácias nobis.

R. Neque secúndum iniquitátes nostras retríbuas nobis.

V. Adjuva nos, Deus, salutáris noster.

R. Et propter glóriam nóminis tui, Dómine, líbera nos

V. Dómine, ne memíneris iniquitátum nostrárum antiquárum.

R. Cito antícipent nos misericórdiæ tuæ, quia páuperes facti sumus nimis.

V. Ora pro nobis, sancte Sebastiáne.

R. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

V. Dómine, exáudi oratiónem meam.

R. Et clamor meus ad te véniat.

V. Dóminus vobíscum.

R. Et cum spíritu tuo.

Orémus.

Exáudi nos, Deus salutáris noster: et intercedénte beáta et gloriósa Dei genitríce María semper vírgine, et beáto Sebastiáno mártyre tuo, et ómnibus Sanctis, pópulum tuum ab iracúndiæ tuæ terróribus líbera, et misericórdiæ tuæ fac largitáte secúrum.

Propitiáre, Domine, supplicatiónibus nostris: et animárum et córporum medére languóribus: ut remissióne percépta, in tua semper benedictióne lætémur.

Da nobis, quǽsumus, Dómine, piæ petitiónis efféctum: et pestiléntiam mortalitatémque propitiátus avérte; ut mortálium corda cognóscant, et te indignánte tália flagélla prodíre, et te miseránte cessáre. Per Dóminum.

R. Amen.

Ultimo benedicit cum Reliquia S. Crucis, dicens:

Benedíctio Dei omnipoténtis, Patris, et Fílii, + et Spíritus Sancti, descéndat super vos, et máneat semper.

R. Amen.


Imágenes: FSSP México.

SummorumPontificum.mx

¡Nueva Indulgencia plenaria disponible durante la pandemia del Covid-19!

Se concede el don de Indulgencias especiales a los fieles que sufren la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como Coronavirus, así como a los trabajadores de la salud, a los familiares y a todos aquellos que, en cualquier calidad, los cuidan.

[…] Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz (cf. Enchiridion indulgentiarum, n.12).

Penitenciaría Apostólica
La Santa Sede

Por The Missive, FSSP. SummorumPontificum.mx . 20 de marzo de 2020.

La Penitenciaría Apostólica acaba de publicar nuevas directrices para indulgencia plenaria que ustedes pueden ganar durante este tiempo de pandemia del coronavirus:

Se concede la Indulgencia plenaria a los fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas si, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), apenas les sea posible.

Esta Penitenciaría Apostólica, además, concede de buen grado, en las mismas condiciones, la Indulgencia Plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.

Una manera en que usted puede unirse espiritualmente a la Santa Misa es a través de nuestro apostolado en línea, LiveMass (aquí: http://www.livemass.net/), que transmite en vivo la Santa Misa diariamente desde varias de nuestras locaciones. +

The Missive. FSSP

Traducción de SummorumPontificum.mx


A continuación el Decreto completo de la concesión de Indulgencia plenaria, emitido por la Santa Sede:

Decreto de la Penitenciaría Apostólica relativo a la concesión de indulgencias especiales a los fieles en la actual situación de pandemia, 20.03.2020

PENITENCIARÍA APOSTÓLICA

DECRETO

Se concede el don de Indulgencias especiales a los fieles que sufren la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como Coronavirus, así como a los trabajadores de la salud, a los familiares y a todos aquellos que, en cualquier calidad, los cuidan.

“Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración”(Rom 12, 12). Las palabras escritas por San Pablo a la Iglesia de Roma resuenan a lo largo de toda la historia de la Iglesia y orientan el juicio de los fieles ante cada sufrimiento, enfermedad y calamidad.

El momento actual que atraviesa la humanidad entera, amenazada por una enfermedad invisible e insidiosa, que desde hace tiempo ha entrado con prepotencia a formar parte de la vida de todos, está jalonado día tras día por angustiosos temores, nuevas incertidumbres y, sobre todo, por un sufrimiento físico y moral generalizado.

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Divino Maestro, siempre se ha preocupado de cuidar a los enfermos. Como indicaba San Juan Pablo II, el valor del sufrimiento humano es doble: ” Sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.” (Carta Apostólica Salvifici Doloris, 31).

También el Papa Francisco, en estos últimos días, ha manifestado su cercanía paternal y ha renovado su invitación a rezar incesantemente por los enfermos de Coronavirus.

Para que todos los que sufren a causa del Covid-19, precisamente en el misterio de este padecer, puedan redescubrir “el mismo sufrimiento redentor de Cristo” (ibíd., 30), esta Penitenciaría Apostólica, ex auctoritate Summi Pontificis, confiando en la palabra de Cristo Señor y considerando con espíritu de fe la epidemia actualmente en curso, para vivirla con espíritu de conversión personal, concede el don de las Indulgencias de acuerdo con la siguiente disposición.

Se concede la Indulgencia plenaria a los fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas si, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), apenas les sea posible.

Los agentes sanitarios, los familiares y todos aquellos que, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio, cuidan de los enfermos de Coronavirus según las palabras del divino Redentor: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13), obtendrán el mismo don de la Indulgencia Plenaria en las mismas condiciones.

Esta Penitenciaría Apostólica, además, concede de buen grado, en las mismas condiciones, la Indulgencia Plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.

La Iglesia reza por los que estén imposibilitado de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, encomendando a todos y cada uno de ellos a la Divina Misericordia en virtud de la comunión de los santos y concede a los fieles la Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos y hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz (cf. Enchiridion indulgentiarum, n.12).

Que la Santísima Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, Salud de los Enfermos y Auxilio de los Cristianos, Abogada nuestra, socorra a la humanidad doliente, ahuyentando de nosotros el mal de esta pandemia y obteniendo todo bien necesario para nuestra salvación y santificación.

El presente decreto es válido independientemente de cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, desde la sede de la Penitenciaría Apostólica, el 19 de marzo de 2020.

Mauro. Card. Piacenza

Penitenciario Mayor

Krzysztof Nykiel

Regente

La Liturgia Tradicional también es para Niños pequeños

Los jóvenes perciben el misterio del amor divino de la manera en que es apropiada para un infante o un niño pequeño. Negarles este acto de percepción es en esencia, decir que Dios sólo puede comunicarse en la manera que encontremos apropiada para nuestra fe sofisticada, inteligente, racional y adulta.

Por Gregory Dipippo. NLMSummorumPontificum.mx . 18 de marzo de 2020.

A juzgar por nuestras gráficas de estadísticas, a la gente realmente le gustó la participación del comediante Jeremy McLellan sobre la discusión de llevar niños pequeños a Misa. (McLellan estaba respondiendo a una pieza en el blog del p. Michael White, pastor de la iglesia de la Natividad en Timonium, Maryland [EE.UU.] titulada “Por qué no animamos a los niños pequeños en la Iglesia”). Sobre el mismo tópico, recomiendo encarecidamente a nuestros lectores una excelente pieza titulada “La Liturgia es para los niños pequeños” en Church Life Journal, escrita por el editor fundador Timothy O’Malley, quien también es el director del Centro Notre Dame para la Liturgia. A continuación unos breves extractos.

“Desde mi perspectiva, el argumento del P. White es deficiente no simplemente porque alega por la exclusión de los jóvenes niños del acto de celebración parroquial. Más bien, la publicación del blog revela una falta de comprensión de la naturaleza del acto en sí mismo. Esta falta de comprensión no es exclusiva del P. White, sino que ha infectado a la mayoría de parroquias católica en Occidente mucho antes del Concilio Vaticano II. Cuando se reduce el acto litúrgico a una “comprensión”, entonces hay una eliminación de lo contemplativo, estético, y así encarna la formación, que es parte integral de una existencia de adoración…

Los jóvenes perciben el misterio del amor divino de la manera en que es apropiada para un infante o un niño pequeño. Negarles este acto de percepción es en esencia, decir que Dios sólo puede comunicarse en la manera que encontremos apropiada para nuestra fe sofisticada, inteligente, racional y adulta…

En este sentido, la publicación en el blog del P. White no es sino algo constante en el culto en los Estados Unidos en esta etapa. Las liturgias son cacofonías de proclamaciones verbales, de sermones, de explicación de ritos y el significado de las fiestas. Hay tan poco qué contemplar en las iglesias que han sido construidas como centros comerciales suburbanos. Se elige la música, no porque proporcione algo para percibir la belleza del sonido ordenado que se emplea para adorar a Dios, sino en cambio, para transmitir un “mensaje” en textos de himnos que a menudo son más ideológicos que estéticos o teológicos. Con frecuencia se da tan poco la virtud de gravitas[1] en el acto de adoración, un sentido que tenemos que ajustar nosotros mismo para adorar a Dios, ya que lo que anhelamos es un acto de adoración agradable y significativo.

Tal vez, lo que necesitamos no es excluir a los niños del acto de adoración. En cambio, debemos comprender la celebración litúrgica como si los participantes principales en el acto de culto fueran los niños. En lugar de depender de los discursos sin fin, en los medios de comunicación, incluidas las pantallas de video, debemos crear espacios separados donde todos los sentidos se involucren en adoración. Enfatizando la comprensión mediante paréntesis, de una buena parte de lo que significa ser un ser humano.

Así que, en vez de crear una liturgia especial para niños apropiada para su comprensión, tengamos música que valga la pena escuchar y que podamos acompañar cantando. Construyamos altares y retablos que verdaderamente den tanto a niños como adultos algo para contemplar durante la adoración.

Prestemos atención a la manera en que la luz santifica el espacio, en cómo el color deleita el ojo. Tal vez algunos niños estén aburridos en misa, no porque sean incapaces de comprender lo que está sucediendo, sino porque hay mucho discurso y no suficiente silencio, no suficiente acción encarnada, no suficiente para contemplar”.

Fuente: Una Voce BAJA

www.SummorumPontificum.mx

[1] La gravitas (como la dignidad y la seriedad exenta de toda frivolidad), era una de las antiguas virtudes romanas que la sociedad más apreciaba, junto con el deber, la pietas, la dignitas y la virtus.

El término gravitas no debe confundirse con “gravedad” entendida como importancia, aunque los dos términos tienen una etimología común: ambos derivan, de hecho, de la palabra latina que indica peso, pesadez. Adquiere el significado de un sentido ético, de seriedad, severidad y dignidad y connota una cierta substancia o profundidad de personalidad. En la Antigua Grecia, el término areté podría tener una acepción parecida.

¡No tengáis miedo de Cristo! Las tradiciones de la Iglesia están muy vivas, y los católicos necesitan sumergirse en ellas

¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.

Benedicto XVI

Por Peter Kwasniewski. SummorumPontificum.mx . 17 de marzo de 2020.

Hoy en día, cuando las creencias y prácticas tradicionales están reapareciendo inesperadamente en el catolicismo, uno ve a los escépticos sacudiendo la cabeza y hablando de cómo la tradición del pasado está muerta y enterrada, o hermosa pero inaccesible, o cómo uno se arriesga a la rareza al intentar “reconectarse” con algo que ya no se ve y se siente espontáneamente como “nuestro”. Para mí, sin embargo, ese escepticismo no tiene sentido, porque mi experiencia en la vida ha sido que la tradición está viva y bien. Pero uno tiene que darse a sí mismo a ella; está viva y bien en aquellos en quienes vive y florece. Permítanme explicar.

Soy cantor y compositor de música sacra. La música sagrada siempre ha sido un reino de gran conservadurismo, en el que cada generación, mientras se agrega a la tienda común, continúa preservando y cantando la música heredada. Por ejemplo, cuando nació la polifonía del Renacimiento, el canto gregoriano no desapareció; Continuó siendo utilizado junto con el nuevo estilo. Cuando el barroco suplantó al Renacimiento, la música secular cambió considerablemente, pero en la liturgia de la Iglesia todavía se podían oír con frecuencia el son de Palestrina, Lassus o Victoria. Cuando Mozart y Haydn estaban escribiendo sus Misas orquestales, los Propios todavía estaban siendo cantados en el mismo llanto antiguo. Hasta el día de hoy, dondequiera que se celebre la liturgia como debiera, aún escucharemos esos antiguos cantos, tal vez complementados con motetes o misas extraídas de cualquiera de los períodos creativos a través de los cuales ha pasado la fe. Ser un artista y compositor de música sacra es experimentar la frescura y la actualidad perennes de todo este patrimonio. No parece tan rígidamente pasada de moda, como si se tratara de revivir un estilo anterior de ropa; aparece como antiguo, sagrado, apropiado, hecho a medida para su propósito.

Cuando escribo mi propia música, sigo a mis predecesores, ya sea que yo lo haga conscientemente o si simplemente sigo mi fantasía: mi homofonía y polifonía tendrán melodías cantadas y cadencias establecidas. Pero nunca suena como un intento de una reconstrucción históricamente auténtica de un compositor pasado, como si fingiera ser [Giovanni Pierluigi da] Palestrina[1]. Aparte del hecho de que no tengo el talento para lograr una imitación perfectamente convincente de Palestrina, es evidente que la música de los compositores modernos, por más “conservadores” que sean, todavía suena como nueva música de los modernos, pero arraigada en la tradición a la que están contentos de pertenecer, armoniosa con todo lo que ha venido antes.

En otras palabras, tengo una experiencia de “ser yo mismo”, de producir mi propio trabajo, mientras que al mismo tiempo estoy en continuidad con la tradición católica. No hay antagonismo en esta relación. El pasado no es “meramente” el pasado, ya que vive en mi mente y mi corazón como una realidad presente que traigo al futuro. Palestrina está muerto, pero la música de Palestrina, cada vez que se ejecuta, está tan viva como lo fue cuando sonó por primera vez en las iglesias de Roma. Comprometida con el papel, la música adquiere una existencia ideal, y cuando se realiza, logra una existencia real otra vez, y llega a los oídos de las personas hoy en día como un sonido bellamente ordenado. He tenido una experiencia similar al ver a mis hijos sumergirse en los repertorios de sus respectivos instrumentos (arpa, laúd, piano, órgano). No importa el período de tiempo de la música, la toman como recién salida del horno, y le hacen cobrar vida de nuevo, dando placer a los oyentes.

Para mí, la experiencia más fundamental y que cambió la vida en este sentido ha sido descubrir y aprenderme a mí mismo a la liturgia tradicional de la Iglesia Católica Romana, convirtiéndome en discípulo de sus ricas plegarias y hermosos cantos, gestos preñados y magníficos símbolos. Me ha llevado décadas llegar a un punto en el que estoy completamente “unido” con esta liturgia, donde me habla íntimamente, más allá de toda necesidad de análisis; y tan lejos de haber perdido su fascinación a través de la familiaridad, me parece ahora algo que no podría vivir sin ella. Esta tradición, que para algunos extranjeros es una pieza de museo cubierta de telarañas, está vibrantemente viva en mi alma y en las almas de muchas personas que conozco, como mi esposa y mis hijos. Se convirtió para nosotros no en un objeto al que contemplamos, sino en un medio a través del cual vivimos, vemos y amamos.

El factor crucial en todo lo que he relatado es esto: hay que sumergirse en la tradición. No puede ser la inmersión de un dedo en la corriente. No puede ser una excelente consideración académica desde lejos, mirando a través de múltiples velos de comentarios y aparatos. Tiene que ser una “experiencia de inmersión total”: uno tiene que soltarse, olvidarse, abandonarse a la realidad a la mano y dejar que se forme la visión y el oído de uno, incluso las expectativas de lo que se puede ver y ser escuchado.

Es precisamente en este punto donde la autoconciencia moderna, que es otra forma de llamar a la tentación de la autonomía, objeta: “Será mejor que tengas cuidado de dejarte ir. Puedes terminar siendo una persona diferente. Puede ser tragado y convertirse en un fanático. Es mejor mantener el control de ti mismo y mantener la distancia, para mantener la objetividad de un observador neutral”. En otras palabras, es la serpiente que susurra: “No seas un santurrón. Aquellos que se sumergen en el río pueden ahogarse”.

Esta objeción, que todos hemos enfrentado de una forma u otra, muestra que hay una cierta elección involucrada en la falta de conexión con la tradición católica, al menos para aquellos que son afortunados suficiente para rozarla: uno tiene miedo de abrirse al misterio trascendente que simboliza y comunica.

En su homilía inaugural el 24 de abril de 2005, el Papa Benedicto XVI retrató con fuerza esta dramática alternativa entre el miedo y la rendición. Mientras escuchamos sus palabras, pensemos no solo en Cristo o el cristianismo en un sentido genérico, sino en las riquezas de la fe católica en su tradición concreta:

“¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? … ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. … ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.

Se ha puesto de moda hablar del hombre moderno como teniendo una “coraza”, impermeable a lo sobrenatural, en guardia contra lo divino, que ya no vibra compasivamente con las armonías de un mundo teofánico. Pero hay una sutil ilusión en este idioma. Uno no nace como un ser acorazado, o predestinado para ser uno; es uno mismo quien quiere ser un ser acorazado. Al final del día, ¿no podría ser esta fábula de un “ser acorazado” simplemente una descripción psicológica de la condición del hombre caído, de la cual está destinado a ser atraído por la práctica de la religión y la operación de la gracia de Dios? Toda la fuerza de la espiritualidad católica busca romper esta oposición entre el ego y Dios, una oposición en la que nacemos y contra la cual tenemos que luchar todos los días de nuestra vida.

Fuente: Una Voce BAJA. Un capítulo de Una Voce México

Foto de portada: Karilú Valdés

[1] Giovanni Pierluigi da Palestrina (Palestrina, (en latín “Praeneste”), cerca de Roma, el 30 de septiembre de 1525 – Roma, 2 de febrero de 1594), compositor italiano renacentista de música religiosa católica, reconocido por sus composiciones polifónicas.

El Card. Burke conferirá la 1ª. Ordenación en México para la FSSP, y primera tradicional en décadas.

Por The Missive, FSSP. SummorumPontificum.mx . 14 de marzo de 2020.

Este próximo mes de junio, la FSSP celebrará su primera ordenación en México cuando Su Eminencia el Cardenal Raymond Leo Burke venga a Guadalajara para ordenar al Diácono Javier Ruiz Velasco Aguilar en Zapopan, Jalisco. Este feliz evento se llevará a cabo en conjunto con el 3er Congreso Anual ‘Summorum Pontificum’ que tendrá lugar este año en Guadalajara, así como con la 2da Convención Nacional de Una Voce México, y 3er. Encuentro Nacional de Educación en Casa, “Pilares de la Educación”, de la FSSP Guadalajara. Varios otros eventos igual de emocionantes han sido planeados también.

El Díacono Aguilar en su ordenación diaconal

El Congreso comenzará el jueves 11 de junio y concluirá el domingo 14 de junio. Para quienes no hable español, habrá disponible traducción simultánea de las conversaciones del Congreso los días jueves y viernes.

La ordenación tendrá lugar el viernes 12 de junio a las 4pm en la iglesia de San Juan Macías en Zapopan, la ciudad natal del futuro sacerdote. El Rev. Aguilar, quien será el primer sacerdote ordenado de la FSSP Guadalajara, celebrará su primera misa al día siguiente, el sábado 13 de junio a las 9:30 a.m. en la Basílica de Zapopan.

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Otros aspectos destacados del itinerario incluyen una Misa Pontifical y procesión el jueves por la tarde a las 6 p.m. para la fiesta de Corpus Christi, y una Misa Pontifical con Confirmaciones el domingo por la tarde a las 6 p.m.

Son todos bienvenidos a asistir a estos eventos. Las entradas para el Congreso (que no son necesarias para la Ordenación o las misas, que son de entrada libre) acaban de salir a la venta, y puede comprarlas y encontrar más información sobre el evento en www.summorumpontificum.mx +

The Missive. FSSP

Traducción de SummorumPontificum.mx