La Comunión Espiritual y los Frutos de la Misa

Por The Missive, FSSP. SummorumPontificum.mx . 3 de abril de 2020.

El siguiente artículo fue publicado en beneficio de los feligreses por uno de nuestros nuevos sacerdotes, el Rev. P. William Rock, pastor asistente de la Misión Mater Mísericordia, nuestro apostolado en Phoenix, Arizona [EE.UU.].


Con tantos de ustedes imposibilitados de asistir a Misa en este momento, creemos que esto es algo excelente para compartir con ustedes, para que puedan conocer los grandes beneficios de las muchas Comuniones Espirituales que están haciendo y de las Misas privadas que nuestros sacerdotes están ofreciendo por sus intenciones.

‘Comunión Espiritual y los Frutos de la Misa’

por el p. William Rock, FSSP.

En este turbulento momento, deben saber que Dios y su Iglesia no los han abandonado. Incluso con la prohibición de los servicios de misa pública y comunión, todavía hay muchas fuentes de gracia que están disponibles para ustedes. Me gustaría abordar dos de ellos aquí: Comuniones espirituales y los frutos generales de la misa.

Siguiendo las enseñanzas del Catecismo del Concilio de Trento (1), también conocido como el Catecismo Romano, hay tres formas en que uno puede recibir la Comunión:

(1) Sólo sacramentalmente;

(2) sacramental y espiritualmente; y

(3) sólo espiritualmente.

Aquellos que reciben la comunión sabiendo que están en estado de pecado mortal, reciben sólo sacramentalmente. Esto se debe a que, si bien realmente reciben el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo bajo las apariencias de pan y vino, no reciben ningún beneficio espiritual. Por el contrario, incurren en un pecado adicional.

Aquellos que reciben la comunión sacramental y espiritualmente reciben el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo bajo las apariencias de pan y vino, y reciben beneficios espirituales.

Aquellos que reciben la Comunión sólo espiritualmente, reciben los beneficios espirituales de la Comunión sin recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo bajo las apariencias de pan y vino.

El Catecismo, explica aún, que aquellos que reciben sólo espiritualmente “son aquellos que, inflamados con una fe viva que obra por amor (cf. Gálatas 5, 6), participan, anhelan y desean ese pan celestial”. Hay varias cosas de este pasaje que deben tenerse en cuenta.

La primera es que, para recibir sólo espiritualmente, uno debe estar en un estado de gracia, ya que la virtud teológica de la caridad y la gracia santificante siempre existen juntas. Entonces, uno debe tener la Gracia Santificante, o estar en un estado de gracia, para hacer una Comunión Espiritual. Si no estás en un estado de gracia, recibe la absolución sacramental tan pronto como puedas (y mientras tanto, reza Actos de contrición). [Nota del editor: Incluso en ausencia de misas públicas, muchas parroquias siguen ofreciendo confesiones. Consulte con su parroquia para más detalles].

Luego, es importante tener en cuenta que una Comunión Espiritual debe incluir un anhelo y un deseo de recibir sacramental y espiritualmente a pesar de que tal recepción no es posible en el momento presente. Sería suficiente, entonces, rezar al comenzar a hacer una Comunión Espiritual lo siguiente:

“Señor, deseo recibirte en una Comunión sacramental y fructífera, pero, como no puedo en este momento, deseo recibirte espiritualmente”,

y luego continúe orando como lo haría al recibir sacramental y espiritualmente. Hay oraciones recomendadas por la Iglesia para hacer una comunión espiritual [Nota del editor: la versión de San Alfonso Ma. de Ligorio se incluye al final de este artículo]. No tienen que usarse necesariamente, y,  uno puede extraer frases e ideas de ellos – basadas en las propias disposiciones de uno mismo –para preparar las propias.

Las Comuniones Espirituales se pueden hacer en cualquier momento durante el día o la noche, y tantas veces como se quiera. Uno no necesita estar en una iglesia, frente al Tabernáculo, o incluso frente a una imagen sagrada. Las Comuniones Espirituales se pueden hacer en cualquier lugar, aunque claramente, no sería adecuado hacerlas en lugares inadecuados para la virtud.

La comunión espiritual nos ofrece muchas gracias, incluso si no podemos recibir a Nuestro Señor sacramentalmente.

No debemos preocuparnos de que nuestra santificación se vea impedida de alguna manera por recibir sólo espiritualmente, y no ‘sacramental y espiritualmente’ durante este tiempo. Como dice el Catecismo, aquellos que reciben solo espiritualmente “reciben, si no todo [el beneficio espiritual de una Comunión sacramental y espiritual], al menos muy buenos frutos”. Entonces, las gracias recibidas de las Comuniones sólo espirituales, pueden ser tan grandes como las gracias recibidas en una Comunión ‘sacramental y espiritual’.

Pero, para recibir tantas gracias y frutos de una comunión espiritual como sea posible, o incluso de una comunión sacramental y espiritual, uno debe estar dispuesto adecuadamente. Cuanto mejor dispuesto esté, más gracias podrá recibir.

Para disponerse adecuadamente, uno debe rezar oraciones preparatorias antes de recibir sacramental y espiritualmente. Estas oraciones se pueden encontrar en misales en la mano y en otros lugares, o se puede rezar con las propias palabras. El tiempo que uno debe pasar rezando tales oraciones dependerá de los otros deberes que uno tiene que cumplir. Es por eso que es importante llegar con tiempo antes del comienzo de la misa para poder rezar estas oraciones, si está planeando recibir (recuerde que solo se requiere recibir la Comunión sacramentalmente una vez al año desde el primer domingo de Cuaresma hasta Domingo de la Trinidad en los Estados Unidos). También se podrían rezar estas oraciones en casa antes de partir hacia la iglesia si fuera difícil hacerlo en la iglesia.

Para que una comunión espiritual sea fructífera, uno debe disponerse de la misma manera, ajustando los textos de las oraciones según sea necesario. Los preparativos antes de recibir ya sea sacramental y espiritualmente o solo espiritualmente deben incluir alguna forma de Acto de Contrición.

Sin embargo, sabemos que asistimos a misa por algo más que solo recibir la comunión. Cuando asistimos a Misa, le damos a Dios la adoración que se le debe a Él como nuestro Creador y nuestro Redentor ofreciéndole sin sangre el sacrificio sangriento de Cristo en la Cruz. La doble Consagración del pan y el vino hace que el Sacrificio de la Cruz esté presente sacramentalmente. Como el sacrificio de Cristo está presente, los frutos de ese sacrificio se ponen a disposición de los fieles. Estos frutos se colocan en cuatro grupos: (1) frutos ministeriales, (2) frutos muy especiales, (3) frutos especiales y (4) frutos generales.

Los Frutos Ministeriales son aquellos frutos que se ofrecen a aquellos en cuyo nombre el Sacerdote está celebrando la Misa. La intención que figura en el boletín de la Misa, por ejemplo, sería el destinatario de estos frutos (si la intención es alguien que puede recibir esos frutos).
Los frutos muy especiales son aquellos que se ofrecen al mismo sacerdote que celebra. A medida que ofrece el Sacrificio de la Misa en persona Christi para los demás y para sí mismo, estos frutos están disponibles para él.

Los frutos especiales también son para aquellos que participan o contribuyen a la misa; es decir, que son ofrecidos a aquellos que están cooperando en ofrecer el Sacrificio de la Misa por cualquier acto externo (además del Sacerdote). Esta cooperación incluye estar físicamente presente en la Misa, pero también contribuir materialmente a la celebración de la Misa. Aquellos que han donado flores, velas, vestimentas, vasijas litúrgicas y otras cosas similares que se usan en una Misa, incluido el edificio de la iglesia, reciben estos frutos especiales de esa misa.

La cantidad de frutos ofrecidos a cada uno es proporcional “a su cercanía de cooperación” (2) al sacrificio. Por lo tanto, al servidor de altar en el santuario se le ofrecerán más frutos especiales que las que se ofrecerán a los que están en los bancas.

Los frutos especiales también son para aquellos que participan o contribuyen a la misa; es decir, que son ofrecidos a aquellos que están cooperando en ofrecer el Sacrificio de la Misa por cualquier acto externo (además del Sacerdote).
Foto: Jueves Santo en FSSP Minneapolis

Tenga en cuenta, sin embargo, que hay una diferencia entre los frutos que se ofrecen y los frutos que se reciben. La cantidad que se recibe depende de la disposición de uno. Por lo tanto, si bien se le puede ofrecer más frutos al Servidor de Altar, es posible que reciba menos que algunas en los bancas, ya que, aunque se les ofreció menos, estaban mejor dispuestos y, por lo tanto, en realidad recibieron más que el Servidor. Por eso, nuevamente, las oraciones de preparación antes de la Misa son tan importantes, no solo para la recepción de la Comunión, sino también para recibir los frutos que estarán disponibles y para ofrecer dignamente el Sacrificio de la Misa a través de las manos del Sacerdote.


Por último están los frutos generales: Estos frutos se ofrecen a todos los miembros de la Iglesia, e incluso a los que están fuera de la Iglesia para su conversión. Para obtener estos frutos, una vez más, uno debe estar dispuesto adecuadamente. Esta es la razón por la cual las oraciones y las ofrendas matutinas son tan importantes y por qué uno debe incluir en las oraciones matutinas las palabras en el sentido de “Señor, durante el curso de este día, concédeme cualquier Indulgencia cuyos requisitos pueda cumplir y todos los frutos disponibles para mí. que fluye de todas las Misas, dijo en todo el mundo hoy “. Como las Misas se seguirán diciendo en privado durante este tiempo, deben aprovechar estas Frutos Generales que se producen. Además, si siente que califica para Frutos Especiales debido a cualquier contribución que haya hecho, asegúrese de pedir esas frutos también.

Esperemos que pueda ver que las prácticas explicadas anteriormente no se deben usar solo durante este tiempo infeliz. Estas lecciones deben integrarse en la vida espiritual de cada cristiano para que cada uno pueda extraer de todas las abundantes fuentes de gracia disponibles para él. +

Comunión espiritual de San Alfonso Ma. de Ligorio:

Jesús mío, creo que estás presente en el Santísimo Sacramento. Te amo por encima de todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, entra al menos espiritualmente en mi corazón. Te abrazo como si ya estuvieras allí, y me uno completamente a ti. Nunca permitas que me separe de ti.

Amén.

(1) Parte II: Los sacramentos – La Eucaristía

(2) O’Connell, La celebración de la misa (1964), p. 39, n. 6)

The Missive. FSSP

Traducción de Cecilia Rodríguez

SummorumPontificum.mx

Mensaje sobre el Combate contra el Coronavirus, COVID-19: Card. Raymond L. Burke

Si, por alguna razón, no podemos tener acceso a iglesias y capillas, debemos recordar que nuestros hogares son una extensión de nuestra parroquia, una pequeña Iglesia en la que podemos acoger a Cristo, preparando el encuentro con Él en la Iglesia más grande. Dejemos que nuestros hogares, durante este tiempo de crisis, reflejen la verdad de que Cristo es el invitado de honor en cada hogar cristiano. Volvamos a Él a través de la oración, especialmente el Rosario, y de otras devociones. Si la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto con la imagen del Inmaculado Corazón de María, aún no está entronizada en nuestro hogar, ahora sería el momento de hacerlo.

-Card. Raymond Leo Burke

Por S.E. Card. Raymond Leo Burke. El Perú necesita de Fátima. SummorumPontificum.mx . 23 de marzo de 2020.

Queridos amigos:

Desde hace algún tiempo, hemos estado en combate contra la propagación del coronavirus, COVID-19. Por todo lo que podemos decir —y una de las dificultades del combate es que aún queda mucho por aclarar sobre la peste—, la batalla continuará por algún tiempo. El virus involucrado es particularmente insidioso, ya que tiene un período de incubación relativamente largo, algunos dicen 14 días y otros 20 días, y es altamente contagioso, mucho más contagioso que otros virus que hemos experimentado.

Uno de los principales medios naturales para defendernos contra el coronavirus es evitar cualquier contacto cercano con los demás. Es importante, de hecho, mantener siempre una distancia, algunos hablan de un metro y otros hasta de dos metros lejos del otro, y, por supuesto, evitar reuniones de grupo, es decir, reuniones en las que las personas están muy cerca unas de otras. Además, dado que el virus se transmite por pequeñas gotas emitidas cuando uno estornuda o se suena la nariz, es fundamental lavarse las manos con frecuencia con jabón desinfectante y agua tibia durante al menos 20 segundos y usar desinfectante para manos y toallitas descartables. Es igualmente importante desinfectar las mesas, sillas, repisas, etc., sobre las cuales estas gotitas pueden haber caído y desde las cuales son capaces de transmitir el contagio por algún tiempo. Si estornudamos o nos sonamos la nariz, se nos aconseja usar un pañuelo facial de papel, descartarlo de inmediato y luego lavarnos las manos. Por supuesto, aquellos que son diagnosticados con el coronavirus deben ser puestos en cuarentena, y aquellos que no se sientan bien, incluso si no se les ha diagnosticado que padecen el coronavirus, deben, por caridad hacia los demás, permanecer en casa, hasta que se sientan mejor.

Viviendo en Italia, en donde la propagación del coronavirus ha sido particularmente letal, especialmente para los ancianos y para aquellos que ya se encuentran en un estado de salud delicada, me siento edificado por el gran cuidado que los italianos toman para protegerse a sí mismos y a los demás del contagio. Como ya habrán leído, el sistema de salud en Italia está puesto severamente a prueba en su esfuerzo de proporcionar la hospitalización necesaria y el tratamiento de cuidados intensivos para los más vulnerables. Les ruego rezar por los italianos y, en modo especial, por aquellos para quienes el coronavirus puede ser fatal, bien como por aquellos encargados de su asistencia. Como ciudadano de los Estados Unidos, he estado siguiendo la situación de la propagación del coronavirus en mi tierra natal y sé que las personas que viven en los Estados Unidos están cada vez más preocupadas con detener su propagación, por temor que una situación como la de Italia se repita en casa.

Toda esta situación ciertamente nos conduce a una profunda tristeza y también al temor. Nadie quiere contraer la enfermedad relacionada con el virus o que alguien la contraiga. Especialmente no queremos que nuestros seres queridos mayores u otras personas que sufren de salud corran peligro de muerte por la propagación del virus. Para luchar contra la propagación del virus, todos estamos en una especie de retiro espiritual forzado, confinados entre paredes, y privados de la posibilidad de mostrar señales habituales de afecto a familiares y amigos. Para quienes están en cuarentena, el aislamiento es claramente aún más severo, al no poder tener contacto con nadie, ni siquiera a distancia.

Como si la enfermedad asociada con el virus no fuera suficiente para preocuparnos, no podemos ignorar la devastación económica que ha causado la propagación del virus, con sus graves efectos en los individuos y las familias, y en aquellos que nos sirven de muchas maneras en nuestra vida diaria. Por supuesto, nuestros pensamientos no pueden evitar incluir la posibilidad de una devastación aún mayor de la población de nuestras patrias e, incluso, del mundo.

Ciertamente, tenemos razón en informarnos y en emplear todos los medios naturales para defendernos del contagio. Es un acto fundamental de caridad utilizar todos los medios prudentes para evitar contraer o propagar el coronavirus. Sin embargo, los medios naturales para prevenir la propagación del virus deben respetar lo que necesitamos para vivir, por ejemplo, el acceso a alimentos, agua y medicamentos. El Estado, por ejemplo, en su imposición de restricciones cada vez mayores sobre el movimiento de las personas, permite que las personas puedan ir al supermercado y a la farmacia, respetando las precauciones de distanciamiento social y el uso de desinfectantes por parte de todos los involucrados.

Al evaluar lo que se necesita para vivir, no debemos olvidar que nuestra primera consideración ha de ser nuestra relación con Dios. Recordamos las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio según San Juan: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (14, 23 ). Cristo es el Señor de la naturaleza y de la historia. Él no está ni distante ni se ha desinteresado de nosotros y del mundo. Nos ha prometido: “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). En el combate al mal del coronavirus, nuestra arma más efectiva es, por lo tanto, nuestra relación con Cristo a través de la oración y de la penitencia, de las devociones y de la sacra adoración. Nos volvemos a Cristo para liberarnos de la peste y de todo daño y Él nunca deja de responder con amor puro y desinteresado. Por eso mismo nos es esencial en todo momento, y sobre todo en tiempos de crisis, tener acceso a nuestras iglesias y capillas, a los sacramentos, a las oraciones y devociones públicas.

De la misma manera que podemos comprar alimentos y medicinas con cuidado de no propagar el coronavirus al hacerlo, también debemos poder orar en nuestras iglesias y capillas, recibir los sacramentos y participar en actos de oración pública y devoción, para que reconozcamos la cercanía de Dios con nosotros y permanezcamos cerca de Él, invocando en modo adecuado su ayuda. Sin la ayuda de Dios, estamos de veras perdidos. Históricamente, en tiempos de peste, los fieles se reunían en fervientes oraciones y participaban en procesiones. De hecho, en el Misal Romano promulgado por el Papa S. Juan XXIII en 1962, hay textos especiales para la Santa Misa a ser ofrecida en tiempos de peste, la Misa votiva para la liberación de la muerte en tiempos de peste (Missae Votivae ad Diversa, n. 23). Del mismo modo, en la letanía tradicional de los santos, rezamos: “¡De la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, oh Señor!”.

A menudo, cuando nos encontramos en un gran sufrimiento e incluso debiendo enfrentar la muerte, nos preguntamos: “¿Dónde está Dios?”. Pero la verdadera pregunta es: “¿Dónde estamos nosotros?”. En otras palabras, Dios está seguramente con nosotros para ayudarnos y salvarnos, especialmente en el momento de una prueba severa o de la muerte, pero con frecuencia nosotros estamos muy lejos de Él debido a nuestra incapacidad para reconocer nuestra total dependencia de Él y, por lo tanto, para rezarle diariamente y ofrecerle nuestra adoración.

En estos días he escuchado tantos católicos devotos que están profundamente tristes y desanimados por no poder rezar y adorar en sus iglesias y capillas. Entienden la necesidad de observar las distancias físicas y seguir las otras precauciones, y respetan estas medidas prudenciales, lo que pueden hacer fácilmente en sus lugares de culto. Pero, frecuentemente tienen que aceptar el profundo sufrimiento de ver sus iglesias y capillas cerradas, y de no tener acceso a la Confesión y a la Sagrada Eucaristía.

Del mismo modo, una persona de fe no puede considerar la actual calamidad en la que nos encontramos sin considerar también cuán distante está nuestra cultura popular de Dios. No solo es indiferente a su presencia en medio de nosotros, sino que es abiertamente rebelde hacia Él y hacia el buen orden con el que nos ha creado y nos sostiene en el ser. Basta pensar en los ataques violentos generalizados contra la vida humana, masculina y femenina, que Dios ha hecho a su propia imagen y semejanza (Gn 1, 27), ataques contra los no nacidos inocentes e indefensos y contra aquellos que deben ocupar el primer lugar en nuestros cuidados, aquellos que están fuertemente atribulados por enfermedades graves, años avanzados o necesidades especiales. Somos testigos cotidianos de la propagación de la violencia en una cultura que no respeta la vida humana.

Del mismo modo debemos pensar en el ataque generalizado contra la integridad de la sexualidad humana, nuestra identidad como hombre o mujer que, con el pretexto de poder definirla nosotros mismos, la pretendemos distinta de la que Dios nos ha dado, y ello, a menudo, empleando medios violentos. Somos testigos con una creciente preocupación del efecto devastador en los individuos y las familias de la llamada “teoría de género”.

También somos testigos, incluso dentro de la Iglesia, de un paganismo que rinde culto a la naturaleza y a la Tierra. Hay quienes dentro de la Iglesia se refieren a la Tierra como a nuestra madre, como si viniéramos de la Tierra y esta fuera nuestra salvación. Pero venimos de las manos de Dios, Creador del Cielo y la Tierra. Solo en Dios encontramos la salvación. Decimos con las palabras divinamente inspiradas del salmista: “Solo [Dios] es mi roca y mi salvación; él es mi protector. ¡Jamás habré de caer!” (Sal 62 [61], 6). Vemos cómo la propia vida de la fe se ha vuelto cada vez más secularizada y, por lo tanto, ha comprometido el señorío de Cristo, Dios Hijo encarnado, Rey del Cielo y de la Tierra. Somos testigos de muchos otros males que proceden de la idolatría, de la adoración a nosotros mismos y a nuestro mundo, en lugar de adorar a Dios, la fuente de todo ser. Tristemente vemos en nosotros mismos la verdad de las palabras inspiradas de San Pablo “contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia”“cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén” (Rom 1, 18. 25).

Muchos con quienes estoy en comunicación, reflexionando sobre la actual crisis de salud mundial con todos sus efectos concomitantes, me han expresado la esperanza de que ella nos llevará, como individuos, familias, y sociedad, a reformar nuestras vidas, a recurrir a Dios que seguramente está cerca de nosotros y que es inconmensurable e incesante en su misericordia y amor hacia nosotros. No hay duda de que grandes males como las pestes son efecto del pecado original y de nuestros pecados actuales. Dios, en su justicia, debe reparar el desorden que el pecado introduce en nuestras vidas y en nuestro mundo. De hecho, él cumple las demandas de la justicia con su misericordia superabundante.

Dios no nos ha dejado en el caos y la muerte, que el pecado ha introducido en el mundo, sino que ha enviado a su Hijo unigénito, Jesucristo, a sufrir, morir, resucitar de entre los muertos y ascender en gloria a su diestra, para permanecer con nosotros siempre, purificándonos del pecado e inflamándonos con su amor. En su justicia, Dios reconoce nuestros pecados y la necesidad de su reparación, mientras que en su misericordia nos derrama la gracia de arrepentirnos y reparar. El profeta Jeremías oró: “Reconocemos, oh Señor, nuestra impiedad, la iniquidad de nuestros padres, pues hemos pecado contra ti”, pero inmediatamente continúa su oración: “por amor a tu nombre, no deshonres el trono de tu gloria; acuérdate, no anules tu pacto con nosotros” (Jer 14, 20-21).

Dios nunca nos da la espalda; Él nunca romperá su pacto de amor fiel y duradero con nosotros, a pesar de que con tanta frecuencia somos indiferentes, fríos e infieles. Mientras el sufrimiento actual nos revela tanta indiferencia, frialdad e infidelidad de nuestra parte, estamos llamados a recurrir a Dios y rogar por su misericordia. Debemos estar seguros de que nos escuchará y nos bendecirá con sus dones de misericordia, perdón y paz. Debemos unir nuestros sufrimientos a la Pasión y Muerte de Cristo y así, como dice San Pablo, “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Viviendo en Cristo, conocemos la verdad de nuestra oración bíblica: “La salvación de los justos viene de Yahveh, él es su refugio en tiempo de angustia” (Sal 37 [36], 39). En Cristo, Dios nos ha revelado completamente la verdad expresada en la oración del salmista: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se abrazan” (Sal 85 [84], 10).

En nuestra cultura totalmente secularizada, hay una tendencia a ver la oración, las devociones y la adoración como cualquier otra actividad, por ejemplo, ir al cine o a un partido de fútbol, ​​lo cual no es esencial y, por lo tanto, puede cancelarse por precaución para frenar la propagación de un contagio mortal. Pero la oración, las devociones y la adoración, sobre todo, la Confesión y la Santa Misa, son esenciales para que podamos mantenernos sanos y fuertes espiritualmente, y para que busquemos la ayuda de Dios en un momento de gran peligro para todos. Por lo tanto, no podemos simplemente aceptar las determinaciones de gobiernos seculares que consideran la adoración a Dios al par que ir a un restaurante o a una competencia deportiva. De lo contrario, las personas que ya sufren tanto por los resultados de la peste se ven privadas de esos encuentros abiertos con Dios, que está en nuestro medio para restaurar la salud y la paz.

Nosotros, obispos y sacerdotes, debemos explicar públicamente la necesidad que los católicos tienen de rezar y de rendir culto en las iglesias y capillas, de hacer procesiones por las calles pidiendo la bendición de Dios sobre el pueblo que sufre tan intensamente. Tenemos que insistir en que las medidas tomadas por el Estado, aunque sean también por el bien del Estado, reconozcan la importancia única de los lugares de culto, especialmente en tiempos de crisis nacional e internacional. En el pasado, los gobiernos han entendido la importancia de la fe, de la oración y de la devoción para superar una situación de peste.

Así como hemos encontrado maneras de proveer alimentos, medicinas y otras necesidades en plena crisis sanitaria, sin correr el riesgo de irresponsablemente propagar del virus, así también podemos encontrar maneras de satisfacer las necesidades de nuestra vida espiritual. Podemos proporcionar más oportunidades para la Santa Misa y para las devociones en que los fieles pueden participar sin violar las precauciones necesarias contra la propagación del contagio. Muchas de nuestras iglesias y capillas son muy grandes. Permiten que un grupo de fieles se reúna para orar y rendir culto sin violar los requisitos de la “distancia social”. El confesionario con la pantalla tradicional generalmente está equipado o, si no, puede equiparse fácilmente con un velo delgado que puede tratarse con desinfectante, de modo que el acceso al Sacramento de la Confesión sea posible sin grandes dificultades y sin peligro de transmitir el virus. Si una iglesia o capilla no tiene suficiente empleados como para poder desinfectar regularmente los bancos y otras superficies, no tengo dudas de que los fieles, en agradecimiento por los dones de la Sagrada Eucaristía, la Confesión y la devoción pública, ayudarán con mucho gusto.

Incluso si, por alguna razón, no podemos tener acceso a iglesias y capillas, debemos recordar que nuestros hogares son una extensión de nuestra parroquia, una pequeña Iglesia en la que podemos acoger a Cristo, preparando el encuentro con Él en la Iglesia más grande. Dejemos que nuestros hogares, durante este tiempo de crisis, reflejen la verdad de que Cristo es el invitado de honor en cada hogar cristiano. Volvamos a Él a través de la oración, especialmente el Rosario, y de otras devociones. Si la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto con la imagen del Inmaculado Corazón de María, aún no está entronizada en nuestro hogar, ahora sería el momento de hacerlo. El lugar de la imagen del Sagrado Corazón será para nosotros un pequeño altar doméstico, en el que nos reunimos, conscientes de que Cristo vive con nosotros a través del Espíritu Santo en nuestros corazones. Coloquemos nuestros corazones, a menudo pobres y pecadores, en su glorioso Corazón perforado, siempre abierto para recibirnos, para sanarnos de nuestros pecados y llenarnos de amor divino. Si desea entronizar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, le recomiendo el manual «La Entronización del Sagrado Corazón de Jesús», disponible a través del Apostolado Catequista Mariano.

Para aquellos que no pueden tener acceso a la Santa Misa y a la Sagrada Comunión, recomiendo la práctica devota de la Comunión Espiritual. Cuando estamos en condiciones de recibir la Sagrada Comunión, es decir cuando estamos en estado de gracia, cuando no somos conscientes de ningún pecado mortal que hayamos cometido y por el que aún no hemos sido perdonados en el Sacramento de la Penitencia, y deseamos recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión, pero estamos incapacitados de hacerlo, nos podemos unir espiritualmente al Santo Sacrificio de la Misa, rezando a Nuestro Señor Eucarístico con las palabras de San Alfonso María de Ligorio: “Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente en mi corazón”. La comunión espiritual es una hermosa expresión de amor por Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. No dejará de traernos abundantes gracias.

Asimismo, cuando somos conscientes de haber cometido un pecado mortal y no podemos tener acceso al Sacramento de la Penitencia o Confesión, la Iglesia nos invita a realizar un acto de contrición perfecta, es decir de pena por el pecado, que “Surge de un amor por el cual Dios es amado por encima de todo”. Un acto de contrición perfecta “obtiene el perdón de los pecados mortales si incluye la firme resolución de recurrir a la confesión sacramental lo antes posible” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1452). Un acto de contrición perfecta dispone nuestra alma para la comunión espiritual.

Como siempre, fe y razón trabajan juntas para proporcionar una solución justa y correcta a un desafío difícil. Debemos usar la razón, inspirada por la fe, para encontrar la manera correcta de enfrentar esta pandemia mortal. Esa manera debe dar prioridad a la oración, a la devoción y a la adoración, a la invocación de la misericordia de Dios sobre su pueblo que tanto sufre y está en peligro de muerte. Hechos a imagen y semejanza de Dios, disfrutamos de los dones del intelecto y del libre albedrío. Usando estos dones dados por Dios, unidos a los dones, también dados por Dios, de la Fe, la Esperanza y el Amor, encontraremos nuestro camino en estos tiempos de prueba universal que tanta tristeza y miedo está causando.

Podemos contar con la ayuda y la intercesión de la gran hueste de nuestros amigos celestiales, con quienes estamos íntimamente unidos en la Comunión de los Santos: la Virgen María Madre de Dios, los santos Arcángeles y Ángeles Guardianes, San José, verdadero Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal, San Roque, a quien invocamos en tiempos de epidemia, y los otros santos y beatos a quienes recurrimos regularmente en oración. Todos están a nuestro lado. Nos guían y nos aseguran constantemente que Dios nunca dejará de escuchar nuestra oración. Él responderá con su inconmensurable e incesante misericordia y amor.

Queridos amigos, les ofrezco estas breves reflexiones, profundamente consciente de cuánto están sufriendo por la pandemia de coronavirus. Espero que ellas puedan serles de ayuda. Sobre todo, espero que les inspiren a recurrir a Dios en oración y adoración, cada uno según sus posibilidades, y así experimenten su cuidado y su paz. Con las reflexiones les envío la promesa que los recordaré todos los días en mis oraciones y penitencias, especialmente en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa.

Les pido por favor que se acuerden de mí en sus oraciones.

Quedo de ustedes en el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, y en el Castísimo Corazón de San José,

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Raymond Leo Cardenal BURKE

21 de marzo de 2020

Fiesta de San Benito Abad

Traducción por El Perú necesita de Fátima

Original de Su Eminencia Cardenal Raymond Leo Burke en inglés: Aquí

¡Nueva Indulgencia plenaria disponible durante la pandemia del Covid-19!

Se concede el don de Indulgencias especiales a los fieles que sufren la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como Coronavirus, así como a los trabajadores de la salud, a los familiares y a todos aquellos que, en cualquier calidad, los cuidan.

[…] Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz (cf. Enchiridion indulgentiarum, n.12).

Penitenciaría Apostólica
La Santa Sede

Por The Missive, FSSP. SummorumPontificum.mx . 20 de marzo de 2020.

La Penitenciaría Apostólica acaba de publicar nuevas directrices para indulgencia plenaria que ustedes pueden ganar durante este tiempo de pandemia del coronavirus:

Se concede la Indulgencia plenaria a los fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas si, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), apenas les sea posible.

Esta Penitenciaría Apostólica, además, concede de buen grado, en las mismas condiciones, la Indulgencia Plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.

Una manera en que usted puede unirse espiritualmente a la Santa Misa es a través de nuestro apostolado en línea, LiveMass (aquí: http://www.livemass.net/), que transmite en vivo la Santa Misa diariamente desde varias de nuestras locaciones. +

The Missive. FSSP

Traducción de SummorumPontificum.mx


A continuación el Decreto completo de la concesión de Indulgencia plenaria, emitido por la Santa Sede:

Decreto de la Penitenciaría Apostólica relativo a la concesión de indulgencias especiales a los fieles en la actual situación de pandemia, 20.03.2020

PENITENCIARÍA APOSTÓLICA

DECRETO

Se concede el don de Indulgencias especiales a los fieles que sufren la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como Coronavirus, así como a los trabajadores de la salud, a los familiares y a todos aquellos que, en cualquier calidad, los cuidan.

“Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración”(Rom 12, 12). Las palabras escritas por San Pablo a la Iglesia de Roma resuenan a lo largo de toda la historia de la Iglesia y orientan el juicio de los fieles ante cada sufrimiento, enfermedad y calamidad.

El momento actual que atraviesa la humanidad entera, amenazada por una enfermedad invisible e insidiosa, que desde hace tiempo ha entrado con prepotencia a formar parte de la vida de todos, está jalonado día tras día por angustiosos temores, nuevas incertidumbres y, sobre todo, por un sufrimiento físico y moral generalizado.

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Divino Maestro, siempre se ha preocupado de cuidar a los enfermos. Como indicaba San Juan Pablo II, el valor del sufrimiento humano es doble: ” Sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.” (Carta Apostólica Salvifici Doloris, 31).

También el Papa Francisco, en estos últimos días, ha manifestado su cercanía paternal y ha renovado su invitación a rezar incesantemente por los enfermos de Coronavirus.

Para que todos los que sufren a causa del Covid-19, precisamente en el misterio de este padecer, puedan redescubrir “el mismo sufrimiento redentor de Cristo” (ibíd., 30), esta Penitenciaría Apostólica, ex auctoritate Summi Pontificis, confiando en la palabra de Cristo Señor y considerando con espíritu de fe la epidemia actualmente en curso, para vivirla con espíritu de conversión personal, concede el don de las Indulgencias de acuerdo con la siguiente disposición.

Se concede la Indulgencia plenaria a los fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas si, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), apenas les sea posible.

Los agentes sanitarios, los familiares y todos aquellos que, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio, cuidan de los enfermos de Coronavirus según las palabras del divino Redentor: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13), obtendrán el mismo don de la Indulgencia Plenaria en las mismas condiciones.

Esta Penitenciaría Apostólica, además, concede de buen grado, en las mismas condiciones, la Indulgencia Plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.

La Iglesia reza por los que estén imposibilitado de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, encomendando a todos y cada uno de ellos a la Divina Misericordia en virtud de la comunión de los santos y concede a los fieles la Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos y hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz (cf. Enchiridion indulgentiarum, n.12).

Que la Santísima Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, Salud de los Enfermos y Auxilio de los Cristianos, Abogada nuestra, socorra a la humanidad doliente, ahuyentando de nosotros el mal de esta pandemia y obteniendo todo bien necesario para nuestra salvación y santificación.

El presente decreto es válido independientemente de cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, desde la sede de la Penitenciaría Apostólica, el 19 de marzo de 2020.

Mauro. Card. Piacenza

Penitenciario Mayor

Krzysztof Nykiel

Regente